Los españoles y las siete ciudades de oro

CULTURA 31-12-2017 Razon 70

Cuando los españoles llegaron a lo que hoy es México, estaban dispuestos a escuchar las viejas leyendas de los indios locales. Quizá para impresionar a los colonizadores, los nativos les regalaban los oídos con fabulosos relatos de ciudades decoradas en oro y plata, construidas sobre grandes praderas más allá de los confines de la Nueva España, mucho más al norte del Río Grande, en lo que hoy es Estados Unidos. A estas historias hay que sumar los testimonios de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, quien llegó a ciudad de México en 1536 con tres supervivientes tras su fracasada expedición a la Florida. Los indios carancaguas, con los que convivió seis años, le contaron una historia similar. A partir de ese momento, entre los conquistadores españoles cunde un mito semejante a El Dorado que era de ancestral tradición en los libros de caballerías medievales: las Siete Ciudades de Cíbola y Quivira, sustentadas y decoradas con incalculables riquezas, podían hallarse hacia el noroeste de los nuevos dominios españoles. Esta es la historia de una expedición aventuresca narrada sin intermediarios, en diarios de viaje por primera vez recopilados y, también, el relato de un gran desencanto.

La edición de estos diarios, realizada por el profesor Ángel Luis Encinas Moral en su “Crónica de la expedición de Francisco Vázquez de Coronado a las Grandes Praderas de Norteamérica” (Miraguano Ediciones), reúne todas las cartas, informes y testimonios de esta epopeya, obtenidos del Archivo General de Indias y de archivos norteamericanos y mexicanos y conforman la más completa base documental publicada en castellano sobre la expedición de Vázquez de Coronado. Pero antes de que nuestro protagonista Vázquez de Coronado ponga en marcha su gran expedición al norte, un franciscano, Marcos de Niza, partió en esa dirección en 1539 con 50 indios amigos liderados por el negro Estebanillo, conocido por Cabeza de Vaca, en calidad de guía. Descubrieron Arizona y Nuevo México y se detuvieron en Vacapa. Estebanillo continuó hacia el norte y, al cabo de unos días, un nativo llegó de vuelta portando una cruz por su indicación, con el testimonio de que había estado en la ciudad de Cíbola, un lugar decorado con turquesas. El fraile se animó a continuar hacia el norte, pero en el camino descubrirá que su enviado había sido asesinado por los indígenas. Fray Marcos decide dar media vuelta hasta ciudad de México y dejará dicho, sin ser cierto, haber visto “siete poblaciones razonables, de muy buena tierra y tener razón de que hay en ellas mucho oro y que lo tratan los naturales de ella en vasijas y joyas”. En Compostela, una de las estaciones de su recorrido de vuelta a casa, se encontrará con Vázquez de Coronado, a quien le narrará estas leyendas, pero nada en comparación a lo que contará el religioso, cada vez más henchido de orgullo y más fantasioso, ante el mismísimo Hernán Cortés.

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