Pasión Vega, una artista de «40 quilates»

CULTURA 8-12-2017 Razon 42

Rubia, rubísima platino y con el pelo pegadito a la cara, Pasión Vega lleva años cantando a la copla. Se ha movido en todos los escenarios, desde los más altos a los que no los son tanto. Y ahora, dentro de la gira de presentación de «40 quilates», que es como se llama su nuevo álbum, recala en el Liceo, después de haberlo hecho ya en el Teatro Real, que desde hace tiempo abre su escenario a la música que no es clásica. Antes de poner el pie en el coliseo madrileño aseguraba que cuando se está ahí arriba hay que darlo todo, lo mismo que hará en Barcelona, un lugar que la impone pero sin miedo, que eso ya lo dejó atrás hace bastantes años. Su disco está lleno de quilates, nada menos que cuarenta, «de dulzura, diálogos, experiencias, alegrías, penas, amores, desamores...», dice ella a modo de confesión. Todos los sentimiento tienen cabida en este trabajo que presentará en una ciudad que bulle en plena campaña electoral y a la que la artista le va a cantar y contar desde el corazón mismos. En una entrevista reciente aseguraba que «gran parte de la población en Cataluña de lo que tiene ganas es de regresar a la normalidad» y añadía que «hoy más que nunca es necesario el respeto, la serenidad, que a veces no nos ha acompañado en nuestras decisiones. Pero yo no lo puedo solucionar...» Lo decía alto y claro para quien desee escucharla. Y ahí lo deja.

Maestra sin ejercer

Lleva a la espalda muchas giras y mucha carretera. Cuando hace balance Pasión Vega destaca la tranquilidad que le han dado los años, el poso del tiempo. «Me siento bien conmigo misma, con mi físico, con mi manera de ser. He ganado serenidad a la hora de afrontar la vida», asegura. Estudió Magisterio con el pensamiento de algún día dedicarse a la enseñanza, pero en el fondo sabía que lo suyo era cosa de garganta y de cuerdas vocales, que llevaba el cante en las venas y que los niños y los pupitres estaban muy bien, pero que la paciencia a esta mujer de rostro sereno la escaseaba. «Quizá hubiese sido decoradora o algo que hubiese estado relacionado con la creatividad», deja escapar abriendo un poco su corazón.

Aseguraba en esta sincera entrevista publicada en estas páginas unas semanas atrás que no sabía de dónde la salía la voz «porque no he estudiado canto en mi vida. No conozco el instrumento. Lo que he aprendido ha sido todo a base de subirme al escenario y ensayar». Y así lo ha hecho una y otra vez hasta que salía bien y se adueñaba del escenario. Se confiesa risueña, pero que nadie se confíe que, apostilla, antes de que el interlocutor pueda coger aire que es «una mujer de las de armas tomar», lo dice al tiempo que deja escapar una sonrisa. Lo tendremos en cuenta. Ahora llega al Liceo, ese coliseo donde los más grandes de la ópera han cantado una y mil veces los eternos dramas de la ópera, de Verdi a Puccini, pasando por Mozart y Bellini y sin dejar a un lado la potencia de Wagner. Ella no va a cantar cual prima donna, que para eso están otras y no es lo suyo. Será copla lo que salga de la garganta y más canciones. Y le saldrán los recuerdos. ¿Ha pasado de moda la copla? Y se apresta a contestar de manera bastante clara y con pasión (con minúscula): «No. Es un género clásico, atemporal. Las generaciones jóvenes deberían traerla a la actualidad y vestirla de otra manera, pero manteniendo siempre su esencia. Es otra de mis músicas favoritas. A veces no me he sentido comprendida del todo por la industria. Y eso te hace ser más constante. Les pasa a todos los artistas cuando se salen de lo estándar».

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