A la altura del gran Lobo

CULTURA 18-6-2017 Elpais 67

La primera novela que leí de William Faulkner fue ¡Absalón, Absalón! Me pareció deslumbrante, pero también me costó trabajo llegar al final. Al revés que con el intocable Ulises, de James Joyce, en la que me resultan insoportables las andanzas por Dublín durante un día de Leopold Bloom, pero puedo releer muchas veces con idéntica fascinación el final del libro, con el monólogo torrencial de su esposa Molly. Lamentablemente, llegué tarde a un escritor portugués e inmenso llamado António Lobo Antunes. A principios del nuevo siglo. Hasta entonces leía a Pessoa (¿Existe un poeta tan conmovedor como él? ¿Ha logrado alguien hablar mejor que él de la desolación y de la derrota íntima con mejores versos que este pavo enamorado de la absenta?) y a Saramago (este y Lobo Antunes no se caían demasiado bien, normal), del que me enamoró su novela El año de la muerte de Ricardo Reis, pero del que me cansé progresivamente, sobre todo de estar de acuerdo en sus opiniones políticas. Y, de acuerdo, Saramago poseía talento, aunque Antunes es otra cosa; es genial.

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