Atletico y Betis, los reyes del balón

La Gimnasia era una asignatura de las llamadas «marías» en el colegio. La Educación Física hace cuarenta años no tenía la implantación que ahora tiene y el deporte español no estaba a un gran nivel. Deportistas aislados, nombres propios –Ángel Nieto, Doreste y Roberto Castañón– y poco más cuando miramos por el retrovisor. El fútbol –el opio del pueblo para los intransigentes– nos permitía rivalizar con el vecino y suponía una válvula de escape en un país que trataba de salir del túnel de la dictadura, que miraba al futuro con resquemor, pero, a su vez, con optimismo. Con goles las penas eran menos.

El Real madrid de las Copas de Europa había aparcado sus éxitos con el equipo «Ye-Ye» (1966) y en el Barcelona, la presencia de Cruyff tampoco le daba para ser hegemónico en Europa. Cristiano y Messi no eran ni proyectos en el año que nació Raúl González (27 junio del 77), mientras que Del Bosque era «Cámara Lenta» en el centro del campo de un Madrid entrenado por Miljan Miljanic, un serbio con métodos modernos y avanzados en lo físico.

Luis Aragonés, el primer embrión de los recientes éxitos de nuestro fútbol, había colgado las botas y en 24 horas pasó del césped al banquillo por orden y deseo de Vicente Calderón, presidente del Atlético. Y Luis, «Zapatones de Hortaleza», como recita Sabina, se va a convertir en protagonista del 77. Había ganado ya la Intercontinental al Independiente de Avellaneda, una Copa al Real Zaragoza y le faltaba la Liga. Lo consiguió ese año con un equipo que tenía el aroma brasileño de Pereira y Leivinha, la fortaleza española de los Reina, Marcelino, Eusebio, Capón, Leal, Robi, Alberto, Salcedo y Bermejo, y la capacidad goleadora de Ayala y Rubén Cano. Los dos, nacidos en Argentina. El «Ratón» hacía honor a su apodo en el área mientras que Rubén Cano lo remataba todo.

Ellos fueron los artífices del título para el Atlético, en una Liga en la que el barcelona fue segundo, a un punto (46 por 45), y el Madrid terminó noveno pese a tener una gran plantilla. Cosa impensable ahora. Curioso, además, que el conjunto rojiblanco cantase el alirón en el Bernabéu. Marcó Rubén Cano, igualó Roberto Martínez y el empate dio rienda suelta a la celebración de los atléticos. Los títulos se celebraban casi en la intimidad y no había neptunos ni paseos en autobús descubierto por los madriles.

La Copa, la primera del Rey, una vez muerto el dictador se acabó la del Generalísimo, se disputó en el Calderón. Fue el 25 de junio, diez días después de que millones de españoles llenáramos de papeletas las urnas de la libertad. En el palco, Don Juan Carlos, la Reina Sofía, el Príncipe Felipe, que ya se había confesado rojiblanco, y Adolfo Suárez. El presidente electo nunca ocultó su amor por el fútbol. Se declaró hincha del Deportivo e incluso llegó a probar un verano, casi siempre veraneaba en La Coruña, con los juveniles del equipo blanquiazul.

Pero volvamos a la final y recordemos a Esnaola, portero del Betis, marcando el gol del penalti decisivo a Iríbar, mítico guardameta del Athletic. La Copa, contra pronóstico, la alzó Bizcocho, capitán del conjunto verdiblanco. Un equipo, curiosidades del destino, entrenado por Iriondo, ex jugador legendario de los grandes Athletics. En los bilbaínos, con Koldo Aguirre en el banquillo, además de Iríbar jugaban Alexanco, Villar, que entonces no pensaba en la poltrona de la Federación, Irureta y Rojo. En el bando bético, los Alabanda, López, Megido y Cardeñosa fueron héroes.

La democracia, además, nos trajo a un equipo de barrio reivindicativo, el Rayo Vallecano, a la élite. Cosas del fútbol.

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