«Arte» (****): Del Arco entiende de pintura

CULTURA 12-6-2017 Razon 61

Autora: Yasmina Reza. Director: Miguel del Arco. Intérpretes: Roberto Enríquez, Cristobal Suárez y Jorge Usón. El Pavón Teatro Kamikaze. Madrid. Hasta el 30 de julio.

Sin vanidosas obsesiones por «mejorar» el trabajo de su predecesor y sin forzar tampoco más de la cuenta la pretensión de hacer algo radicalmente distinto. Con esa honestidad artística ha encarado Miguel del Arco la tarea de volver a poner en escena esta obra de Yasmina Reza que perdura aún en el imaginario colectivo del espectador español bajo la forma en la que Flotats la concibiera en su memorable montaje de 1998.

Roberto Enríquez, Cristóbal Suárez y Jorge Usón protagonizan esta nueva visitación a un texto que aparentemente habla de las controvertidas y opuestas reacciones que suscita el arte contemporáneo en los ojos y la sensibilidad del espectador, pero que, en el desarrollo del conflicto, evoluciona paulatinamente hasta erigirse en un fidedigno retrato del ser humano en sus relaciones de amistad.

La variedad de personalidades que confluyen en todo círculo de amigos y los permanentes reajustes que se establecen en ese círculo para que cada individuo asegure el rol que desea desempeñar y que los demás esperan que desempeñe son el verdadero meollo de una comedia de la que Del Arco, fiel a su visión tragicómica del teatro y probablemente también de la vida, ha sabido extraer a partes iguales toda su crueldad y ternura.

Cierto es que la obra es ante todo un canto a la amistad, pero no es menos verdad que este montaje, a su término, deja en el público un poso de melancolía, que es el natural sentimiento que aflora cuando nos obligan a colocarnos frente a un espejo que evidencia nuestras patéticas imperfecciones. Hacer una radiografía general sobre esa amistad es lo que ha interesado primordialmente al director en su propuesta, muy por encima de las reflexiones en torno al arte contemporáneo, o a la cuestionada legitimidad de algunos de esos creadores contemporáneos a los que el público, en no pocas ocasiones, ha dejado de considerar como «artistas malos» o «artistas buenos» para tildarlos simplemente de estafadores.

Y, para no trucar su radiografía, Del Arco ha partido del distanciamiento y la sobriedad en su visión sobre los personajes, dejando que sean ellos mismos, en su verosímil interacción, los que caminen inexorablemente hacia el ridículo, llevando consigo a un público que tiene, durante ese trayecto, cada vez más dificultades para contener las carcajadas.

Como es lógico, de esa risa tienen buena parte de culpa los actores: Cristóbal Suárez cumple cómodamente con un personaje que le va muy bien; Enríquez sorprende en un registro menos dramático que el que acostumbra a mostrar en teatro; y Jorge Usón se luce, como era de esperar, con esa inefable vis cómica suya que impregna todas las funciones en las que participa.

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