El guardián parcial de la historia

CULTURA 2 weeks hace Razon 18

La Universidad española se llenó a finales de los 60 y principios de los 70 de una generación de profesores cuya pretensión no era siempre formar profesionales en sus áreas, sino ser agentes del cambio social. Sostuvieron un paradigma interpretativo y conceptual de combate, reclutamiento y exclusión que en parte perdura. Construyeron una «verdad histórica», inmutable, intocable, con finalidad política, que se convirtió en un código de tribu, un santo y seña que había que repetir para aprobar, publicar, acceder a la profesión o, incluso, ser considerado historiador.

La lectura de sus obras daba la sensación, según escribió Juan Pablo Fusi, de que eran «más abogados de una causa que investigadores de un problema». Bastardeada de esta manera una disciplina que debería estar basada en el debate completamente abierto, en la puesta en cuestión de los conocimientos, la aplicación de nuevos métodos, la influencia de otros saberes, escuelas y tendencias, se produjo la sacralización de un dogma interpretativo. El asunto fue rentable: acceso a proyectos financiados, cargos y plazas universitarias. El reverso está, claro, para aquellos que hicieron y hacen «apostasía» del paradigma único. No solo caen sobre ellos descalificativos políticos – «neoliberal», «neocon» o «franquista»–, sino el ostracismo académico y el silencio más absoluto solo roto por el insulto.

Esa institucionalización del relato único llegó al paroxismo con la «memoria histórica», es decir, con el plan para la propagación de una verdad oficial. El largo noviazgo entre política e historiografía terminó al fin en boda, eso sí, revestida de «objetividad democrática». Aquello era, como ha escrito González Cuevas, «un auténtico atentado a la libertad y al pluralismo político e intelectual, que nos conducía a una nueva forma de totalitarismo».

Una memoria de estado

De hecho, la imposición de una «memoria de Estado» ya la intentaron los dictadores del XX, de Mussolini a Stalin. Por eso, los que no comulgan con la «verdad», y se ciñen a la labor del historiador, que no es otra que recoger, profundizar, corregir y aclarar lo que dijeron otros, son llamados peyorativamente «revisionistas», surgidos al socaire, dicen, de la «hegemonía neoliberal» (sic) avalada por el PP. No se rían, por favor.

La obra «Bajo el dios Augusto» (Unión Editorial, 2017) es el desahogo a una larga presión ambiental y académica sufrida personalmente por sus autores. La razón del estigma está en haber abordado la Segunda República y la Guerra Civil cuestionando la «verdad oficial», que son los episodios más sensibles para los «nuevos guardianes». Porque todo lo que cuestione la imagen idealizada del régimen del 31 es tildado de «neofranquista» y justificador del golpe del 36. El libro ha sido coordinado por Guillermo Gortázar, quien abre con la denuncia del uso partidista de la Historia que historiadores, periodistas y políticos, desde una supuesta «superioridad moral», hicieron desde que el PSOE perdió las elecciones de 1996. Su objetivo, dice, era (y es) dominar el relato histórico para vincular al PP con el franquismo y contrarrestar el que la historia política dejara en evidencia la interpretación socioeconómica de la vulgata marxista. Antonio Manuel Moral Roncal, académico de la Historia, por su parte, se lamenta en su texto de que las nuevas generaciones de historiadores, nacidas al calor de los discípulos de Tuñón de Lara, «parecen resucitar el frentepopulismo». El profesor Cuenca Toribio, ineludible para comprender el XIX español, explica el calado del «modelo progresista-marxista» en la vida cultural española de los últimos 50 años. Alfonso Bullón de Mendoza, catedrático y académico, añade el texto quizá más ilustrativo del ostracismo que sufre el que disiente. Y lo hace contando con mucha ironía, y sin ocultar nombres, las descalificaciones personales y políticas que ha recibido su obra.

Pedro Carlos González Cuevas, profesor de la UNED, en un texto tan erudito como claro, repasa la evolución de la historiografía española, el impacto del tuñonismo, y los intentos para mantener la visión izquierdista de la Historia. El autor concluye con la vindicación de lo que llama «revisionismo académico», iniciado por «Palabras como puños. La intransigencia política en la Segunda República» (2011), dirigido por el catedrático Fernando del Rey, y cimentado con la obra «1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular» (2017), de los profesores Álvarez Tardío y Villa. A la publicación de estas investigaciones, fundadas en las rigurosas técnicas de la historia política, le ha seguido el aluvión de previsibles descalificaciones por parte de los «guardianes parciales de la Historia”. Pero ya escribió Séneca que lo que se publicara bajo el «dios Augusto», el emperador romano, «no era aún fuente de peligro, pero sí de problemas».

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