Arcade Fire y el arte de jalear

CULTURA 5-6-2017 Razon 60

El arte de jalear no es sólo un principio flamenco, o si lo es, Arcade Fire lo ha perfeccionado hasta el delito para conseguir que todo el mundo pueda corear sus canciones. Hay tantos «ooohhh» y «ehhhhh» en sus canciones de crescendo épico que el contagio de euforia es instantáneo. No hay que memorizar pesadas letras en idiomas raros, sólo cantar con ellos esos «ohhhhs» y como Hamelín, mandar al público al delirio. Al menos eso es lo que ocurrió el sábado de madrugada con el concierto que ponía un brillante broche de oro al Primavera Sound.

Existen pocas bandas que ganen en grandes espacios. Arcade Fire es una de ellas. Cuanta más gente los vea, el contagio de «ohhhhs» es mayor y la sensación de comunidad más sagrada y satisfactoria. En tiempos individualistas, reunir a 40.000 personas queriendo lo mismo es liberador y catártico. Puede que estuviese bien su concierto sorpresa del jueves, pero tuvo que ser al menos 10 veces peor porque había 10 veces menos de gente viéndolos.

No se dejaron nada en el tintero, desde «Wake up» para arrancar, todo una muestra de intenciones, a un «No cars go» que el público jaleó como si no hubiese mañana o una interminable revisión de «Here comes the night time» o «Reflektor». Sus temas nuevos, «Everything now» y «Creature confort» parece que demuestran un vuelco de la banda a la épica de las pequeñas cosas en lugar de las grandes, con un deje pop kitch a lo ABBA o «El ritmo de la noche» algo extraño. Lo único cierto es que hoy en día no hay mejor banda para grandes multitudes. «Ohhh ohhh ohhh». Es imposible no contagiarse.

Los canadienses sutituyeron a Grace Jones, dama teatral donde las haya, que hizo de su techno pop vintage y carnavalesco una auténtico zarpazo que alucinó a los pocos que se molestaron en prestarla atención. Y la noche había comenzado fuerte con Hamilton Leithhauser, revolucionando el rock de espíritu bluesero en apariencia simple hasta crear marmóreas casas donde soñar. Cuando cantó «1000 times» reconcilió a todo el mundo con sus deseos infantiles perdidos. ¡Precioso!. Mucho mejor que Seu Jorge y sus versiones de David Bowie que demostraron que hay música que escuchar y otra que ver.

Mientras, el Primavera Bits se confirmó entonces como el refugio de los que no quieren moverse de lado a lado, sino sólo bailar. Llegar allí cuesta tanto que la verdad, da pereza marcharse. Y si John Talabot está haciendo una de sus sesiones, pues todavía menos. De aspecto muy noventero, cuando los guiris eran una hazaña, no una norma, era simplemente una discoteca al aire libre llen a de encanto kitsch. Los que no querían perderse nada todavía tenían a Skepta y Japandroids y Wild Beasts y Against me!, así que había mucho que hacer.

Eran prácticamente las tres de la madrugada cuando saltaron al escenario Haim, las hermanas que acaban de publicar su segundo disco y que volvían al Primavera por sorpresa. Joviales, juguetonas y sin presunciones, se metieron al público en el bolsillo a las primeras de cambio. Con «Don’t save me» el público se puso tierno y tontito y empezó a sentir que esto del Primavera se acababa y era mejor darlo todo. Y lo hicieron en el concierto que vino después, unos pletóricos !!! que arrasaron con su electrofunk desvergonzado y nervioso. Y aquí apareció el tatuaje del día, un hombre peludo que tenía un tocadiscos justo detrás de la oreja izquierda.

Con Dj Coco y su tradicional «Don’t stop believin’» de Journey se despedía una nueva edición del Primavera, que volverá en las mismas fechas en 2018.

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