Paisaje después de las batallas

CULTURA 4-6-2017 Elpais 43

La mar de bien. Llamabas a Goytisolo y él respondía en seguida, en París, en Marrakech. A cualquier hora. ¿Cómo estás? “La mar de bien”. Incluso cuando en su vida caían chuzos de punta. “La mar de bien”. En Examen de ingenios, José Manuel Caballero Bonald hace esta definición de su colega: “Era algo esquivo, algo receloso, de efusiones difíciles”. Su viaje al sur le dio alegría, pero siguió siendo allí, junto a la plaza de los muertos, el que dejó España para irse de todas partes. París fue una estación de paso; pero incluso allí fue un extranjero. Era efectivamente Juan Sin Tierra, el hombre que dio una batalla para desaparecer estando. Cuando se rompía un lado de Europa se fue a Sarajevo, con Susan Sontag, a alumbrar las bibliotecas quemadas. Allí trabajaron los dos para darle luz sin balas a Esperando a Godot. En cierto modo él estuvo toda su vida esperando a un Godot que le hiciera regresar a la niñez hundida. España le dolía como un bombardeo inesperado. Su dolor por España se decía con pocas palabras. Su marcha fue su declaración de principios. Y luego fue como si nunca se hubiera muerto Franco. Dejó aquí el dictador su estercolero. Incapaz de decir gritando lo que sentía, Goytisolo lo vertió en palabras nutridas por el espanto y el desafecto que, en el plano privado, destellan como dagas propias en Coto vedado. Era un niño desposeído, mimado y extrañado a la vez, roto, un muchacho roto. Era tan privado, impenetrable. Un paseo con él podía durar horas de silencio. Decía “La mar de bien”. Y callaba.

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