Mª Teresa Campos: «No dejo de pensar que Miguel Boyer murió de esto»

«No soy la misma desde que perdí a mi hermana Leli hace dos años», me comentó el miércoles Teresa –sólo la llaman María Teresa en el trabajo– en el lecho de la Fundación Jiménez Díaz, donde fue ingresada a princios de semana tras sufrir en casa un ictus, vulgar isquemia cerebral. Allí estará no se sabe, por el momento, hasta cuándo. Pero ya está siendo atendida en planta.

«Estas dolencias son imprevisibles», comentó ante nosotros una de las doctoras en su ronda. Durante dos horas –de 19:00 a 21:00 horas– y quizá rompiendo las normas del centro hospitalario, cinco «de los suyos» compartimos compañía o casi tertulia. Acudí tras dos paseos infructuosos a la Fundación. No pasé del pasillo, según lo estipulado. A la tercera intentona, ocurrió el milagro: de la habitación en la zona sólo reservada al tratamiento de la enfermedad, apareció Sonsoles, algo más que una secretaria, lo mismo que Gustavo –Gusi, para los suyos–. Él le salvó la vida cuando fue avisado por María y Leo, los asistentes domésticos de Teresa, que ya al levantarse sintió que no se encontraba bien.

«Veía mal del ojo derecho –aún se lo mantienen tapado con una gasa–, pero lo atribuí quizá a una legaña. Me acosté de nuevo y me reincorporé al rato. Noté que me tambaleaba. Entonces llamé, le advirtieron a Gustavo –su chófer– y me llevó a la clínica de mis doctores de siempre. Al comprobar que se trataba de algo gordo, que precisaba mayor asistencia, me trajeron aquí. Y sigo esperando», nos contó.

La vi tranquila y relajada, pese a estar rodeada de cables y con un dedo pinzado. Vestía la preceptiva, pero siempre fea, bata hospitalaria, luego cambiada por un pijama al trasladarla a planta. Pensé hallarla postrada y decaída, pero no. La encontré radiante. Allí éramos cinco animándola y acabamos con el espíritu bien arriba. Reconoció que «sois los de siempre», mientras Terelu, muy afectada, y Carmen Borrego constantemente atendían a los medios de comunicación para darles la última información. A fin de cuentas, los conocen bien, llevan la comunicación en la sangre, al igual que Teresa los constantes padecimientos de estos últimos tiempos. Tras el fallecimiento de Leli, le dolió el cierre de «¡Qué tiempo tan feliz!», un programa que sostuvo durante ocho años y cuya repentina liquidación no llegaba a entender. Le afectó emocionalmente, al tener incluso el contrato renovado por Paolo Vasile, director general de la cadena, que acudió a verla cuando ya estaba en su hasta hoy nuevo alojamiento: «Estuvo encantador y muy interesado por mi evolución».

Tertulia a pie de cama

Mejoró antes de lo previsto y por eso rebajaron de 72 a 48 horas mantenerla vigilada en la unidad especial de ictus. Nunca en la UCI, como se ha publicado. Una alegría para todos los que compartimos esta irregular reunión: su elegante amiga íntima Mely Camacho, a pie de cama, Rafa Lorenzo, Yusan Acha –ambos directores del «¡Qué tiempo...!» que pasó a la historia–, Belén Rodríguez y la leal entrega de Sonsoles. Hablamos de todo y la enferma bromeó incluso con el parche que tapaba su mala visión. Lo tomó a chiste. «A las penas puñalás», dicen por su tierra malagueña. «Al verme así empezarán a llamarme Teresa de Éboli», comentó tras su primera comida, merienda más bien: un poco de leche con Cola-Cao y una tostada. Clima cordial, pero también nostálgico de tardes únicas en un «tiempo tan feliz» distendido. Dos horas dan para mucho. Y aunque Teresa no quiere enterarse de lo que dicen de ella fuera del hospital, no pudo contener la curiosidad: «¿Se ha formado mucho jaleo con lo mío?». «Todos los medios están preocupados y tratando la noticia con mucho cariño. Desde Alejandro Sanz a Pedro Sánchez», le contamos. «¿También él? ¡Qué bien!», reaccionó. «Todos se interesan por ti y no hacen más que preguntarse si por fin avisarán a Edmundo Arrocet –para mí «forever» Bigote– del percance», sondeamos.

Bigote no sabe nada

«Decidiré si lo hago según me vaya encontrando. No quiero asustarlo innecesariamente ni que se retire de algo que sé que le hacía muchísima ilusión. Me opuse a que concursara en Honduras, pero es su vida y siempre decía que quería probar si se mantenía como trece años atrás, cuando compitió en una experiencia parecida. Ya decidiré si le advierten de lo ocurrido esta semana, dependerá de cómo me encuentre y cómo evolucione los proximos días», reflexionó Teresa. Eso lo resolverá la resonancia aplazada a la que se opuso antes de las siete de la tarde del martes en que proyectaban hacérsela. Como tiene claustrofobia –aunque ahora ya hasta sube en ascensor–, se negaba a una resonancia cerrada. Recuerdo un viaje navideño que hicimos a La Habana, alojados en el céntrico hotel Meliá Habana Libre de El Vedado, el antiguo Habana Hilton donde Fidel Castro instaló su primer cuartel general. Allí le dieron la mejor suite en el último piso y hubo que cambiarla al primero, casi hall, por su rechazo a subir a las alturas encerrada en un ascensor. No pueden sedarla porque luego no elimina la anestesia y los residuos producen molestias. Ante su rechazo, pese a que le colocaban un antifaz casi gorro durante la resonancia, imprescindible para ponerle nombre, apellidos y origen a de dónde procede la dolencia que ha obligado a su hospitalización, quedaron en realizarla próximamente en uno de sistema abierto, para ella menos agobiante.

«Desde que me di cuenta de lo que tenía, no dejo de pensar en que Miguel Boyer murió de esto», nos dijo con gran fortaleza y sin perder esa sonrisa televisivamente encantadora. Tan bien la encontré que no pude evitar espetarle: «Más que convaleciente, pareces en una cura de reposo». Cuarenta y ocho horas antes del doloroso trance, el domingo por la mañana, me había telefoneado. Hablamos cincuenta minutos. Malpensé que era para interesarse por el «Sálvame de Luxe» de la noche anterior. Cálculo erróneo: «Si dijeron algo malo, cállatelo. No quiero saber nada. No veo ni leo nada sobre mí porque me afecta al estómago y al hígado. Todo va a parar ahí».

Recientes están los superados y temidos nódulos en la garganta y la extirpación de la vesícula hace un año. Tras eso, en 2013, la Campos hizo una campaña previsora del ictus llamada «Tu cerebro es vida, cuidalo». Paradójico o premonitorio, quién iba a decírselo. Casualidades de la vida.

Han sido golpes insufribles, junto al tumor de Terelu o el amago de ictus cerebral de Carmen. Luego vinieron los palos porque no entendieron –ni aún hoy lo comprenden, ya que muy pocos conocen sus circunstancias– qué las obligó a hacer esos seis capítulos televisivos del reality «Las Campos». Los consideran innecesarios, aunque resultaron vitales para su hija Terelu y nos descubrieron la atinada socarronería de Carmen Borrego, ahora afilada comentarista de «Supervientes». Nadie como Teresa para ostentar semejante título.

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