Por qué hay que leer

Ya insistió María Moliner en 1937, mediante una carta a los «bibliotecarios rurales», en la «capacidad de mejoramiento espiritual» de las personas a través del fomento de la lectura. Y no le faltaba razón. Pero lo que la también bibliotecaria no sabía es que esos mismos hábitos tenían un efecto tan saludable en la mente como en el físico: «Mens sana in corpore sano», escribía el poeta latino Juvenal en sus «Sátiras», y así este verano lo publicaba «Social Science & Medicine», donde un estudio realizado en la Universidad de Yale –un tema ya antes tratado en otros centros– durante doce años a 3.600 personas de más de 50 años llevó a la conclusión de que sentarse frente a un libro durante al menos media hora al día daba una ventaja de supervivencia sustancial respecto a los que no lo hacían ni un solo minuto: más de tres horas y media de lectura a la semana otorgaban un 23% menos de posibilidades de morir. Argumento de peso para tomarse en serio lo de abrir uno y, siguiendo dicha estela, para que el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte presentase ayer su Plan de Fomento de la Lectura 2017-2020 bajo el lema «Leer te da vidas extra».

Más neuroconexiones

Una máxima que no convence a todos de forma literal. El neurocientífico Manuel Martín-Loeches sí reconoce que «es posible que alargue la función cerebral en la medida que se ejercita más la mente. Se generan más conexiones y, por tanto, el cerebro queda más preparado para la edad anciana, pero lo otro...», expone. Y así lo demuestran unos experimentos a los que recurre y en los que se muestra que el simple hecho de leer «activa una recreación de aquello que contienen las páginas». Da igual que sea un partido de fútbol que un viaje a Alaska, todo cobra forma como si se tuviera delante –y así es, aunque sea escondido tras las letras–. «Te pones en la situación. Y está demostrado que quien más lee genera más conexiones porque tiene un mayor número de experiencias virtuales», continúa Martín-Loeches. Los contenidos de las páginas no dejan de ser relaciones sociales entre individuos que a la larga uno se puede encontrar y que en su día servirá para «detectar y resolver más fácilmente un conflicto. Leer te hace culto, sí, pero, sobre todo, te hace más experto», cierra el neurólogo.

También apoyado en aspectos técnicos habla Antonio María Ávila –secretario general de la Asociación de Cámaras del Libro en España– sobre dicha actividad: «Es una acción que pone en juego en la cabeza muchas emociones y sentimientos, es muy cómoda, mueve materia gris y no sé si, como dicen los estudios, se vive más tiempo o no, pero los ‘‘leones’’ –‘‘león’’: persona que lee mucho– somos más felices. Te lo dice un hombre que no tiene más vicio que éste, ni fumo, ni bebo, ni conduzco». Fue Ávila uno de los nombres –junto al secretario de Estado de Cultura, Fernando Benzo, y el presidente de la Confederación Española del Gremio y Asociaciones de Librerías (Cegal), Juancho Pons– que asistieron a la presentación del Plan en el que se puede encontrar otro de los motivos –para quien busque excusas– por los que leer: «Más libros, más libres. La libertad del individuo depende en gran medida de las posibilidades que tenga de construir nuevas alternativas vitales. Para transformar nuestra sensibilidad y pensamiento, ciertamente, no hay herramienta más adecuada que la lectura».

Un documento, que como el ministro y portavoz del Gobierno, Íñigo Méndez de Vigo, presenta en el mismo: «Tiene como principal objetivo el incremento de la demanda lectora mediante la promoción, extensión y consolidación del hábito de la lectura. El libro constituye una herramienta imprescindible para transmitir el conjunto de saberes humanos, para dotar a los ciudadanos de recursos necesarios para su desarrollo personal, ensanchar su realidad e incrementar su capacidad de reflexión, comprensión y crítica, en suma, para ser más libres», uniendo sus palabras con la idea del proyecto.

Más clásico, «pero sin caer en tópicos» –advierte–, se muestra el escritor y divulgador científico Miguel Ángel Delgado sobre los motivos de la lectura: «Hay que leer porque tenemos curiosidad, por conocer cosas, aprender, experimentar más allá de nuestro día a día», comenta. A la vez y rodeado de la tecnología, Delgado se decanta por el formato original, ya que «a pesar de todos los avances y medios, los libros siguen siendo algo que posibilita cosas adonde no llegan otros».

¿Y qué leemos? Para el divulgador no hay una norma, «depende de lo que se quiera –dice–, lo bueno que tenemos ahora es que hay todo tipo de lectura y de niveles, se puede leer como entretenimiento o como una herramienta para comprender el mundo o a nosotros mismos. Eso es lo genial y sin que nadie esté obligado a llegar a un lugar que no quiere. No está circunscrito a intelectuales o filósofos».

En su lugar, un estudio de la VU University Medical Centre de Ámsterdam publicado por la revista «Plos One» suscribe que no hay nada como acomodarse en la narrativa de calidad. Al menos para mejorar las relaciones con los demás. «La ficción nos involucra emotivamente y nos hace mejores personas, ya que ayuda a desarrollar nuestra capacidad de empatizar con quienes nos rodean», desarrolla el informe. Para Martín-Loeches, que también reconoce que «la ficción tiene más beneficios en el control de emociones», sin embargo, «lo importante es que se lea una historia coherente con un argumento bien hilado».

Manuales de la vida

Para buscarse a uno mismo, sí, también es buena la lectura. Así lo defiende Javier Sierra: «Hay que leer para buscar la luz que llevas dentro. En cada libro te estás buscando a ti mismo, por eso mi lectura tiene que ser diferente de la tuya», explica. Novelista y autor de «best seller», lee más ensayo «porque me gusta aprender. Para mí los libros son el manual de instrucciones del mundo», comenta el novelista. Otro que sabe del tema es un compañero suyo de profesión, Juan Eslava Galán, quien entiende la lectura como «una fuente de cultura que el mundo moderno necesita para que no nos gobiernes los demagogos, esto se está convirtiendo en un problema. Además, la civilización se hace heredando el legado de la anterior generación y los libros son el vehículo idóneo para ello».

Un académico de la RAE como Julio Borrego Nieto también se convierte en autoridad para hablar del tema, aunque no se quiere poner «erudito» y acude a la lectura por placer: «Lo hago para conocer mundos que solo puedo ver en las páginas y para refugiarme en otra realidad cuando la que tengo delante no me gusta. Es una forma de abstraerse. Y, por supuesto, también empleo la lectura para aprender y mejorar el domino de la lengua sobre un montón de temas y aprender y mejorar el dominio de esta lengua. Algo fundamental el un mundo actual en el que cualquiera puede construir un relato y en el que la forma de contarlo se vuelve vital. De hacerlo de una determinada manera depende el poder de convicción y eso se consigue leyendo», completa.

Ya lo saben: lean.

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