Dis Berlin: "Los pintores cada vez pintamos menos, Nos tienen marginados"

CULTURA 12-1-2017 Razon 884

Érase un hombre a un pincel pegado, un eremita de la pintura, un creador de mundos en cuadros. Dis Berlin es el autor de «Baladas de un solitario», una exposición que reúne más de una treintena de obras y que podrá verse en la galería Guillermo de Osma hasta el 27 de enero. A nivel temático, no tiene un planteamiento tan unitario como otras anteriores, abriendo el abanico a temas muy diferentes. El común denominador, de ahí el nombre, es el carácter poético de unas imágenes que trasladan al espectador al universo de uno de los principales representantes de la figuración madrileña de la década de los 90 y 2000.

–¿Cuáles son sus principales influencias?

–La música, que me acompaña durante todo mi tiempo de trabajo y actúa sobre mi estado de ánimo y mi concentración. Pero no intento trasladar el lenguaje musical a mi pintura.

–¿Qué escucha para inspirarse?

–Clásica, algo de jazz... Aunque, sobre todo, temas de los años 60, que es el gran periodo de la música.

–¿Puede ser un cuadro la música de una canción?

–(Repite la pregunta) No me lo he planteado nunca. No sé. Cada lenguaje artístico tiene su propia naturaleza, pero no intento hacer esa alquimia.

–¿Y es posible resumir un libro en un cuadro?

–Imposible. No se pueden resumir ni en una película. En mis cuadros no hago ninguna propuesta literaria. No pretendo trasladar lo literario a lo pictórico. El lenguaje de la pintura es completamente autónomo e independiente.

–Pero la exposición tiene un carácter poético...

–Es que lo que llamamos poesía no es exclusivo de lo literario. Lo poético puede estar en la música. Y la pintura también es hermana de la poesía. De hecho, en un cuadro tiene que haber poesía.

–¿Y puede rimar?

–Eso es forzar, aunque los cuadros deben aspirar a que el espectador interprete. Es decir, que por cada espectador habrá un cuadro diferente. Yo no procuro hacer rimas en mis cuadros.

–Su obra se caracteriza por la meticulosidad en la técnica utilizada y por su particular mundo creativo.

–Son obras muy esforzadas, que me han llevado tiempo. La búsqueda de la excelencia es infinita.

–En esa búsqueda intenta trasladar su mundo a su obra.

–Claro, no represento la realidad. Creo mundos que requieren mucho esfuerzo para lograr el respeto del espectador.

–¿Usted vive en su mundo?

–Me invento mundos que habito mientras pinto, pero vivo en el mundo real. Cuando cierro el estudio vuelvo a la realidad. Sin embargo, en mi cabeza llevo mi trabajo y pienso mucho en él. Es un mundo que está en mi mente, aunque no confluye en el real.

–¿Cómo es?

–Mira los cuadros y lo sabrás. Ellos hablan. En cada cuadro intento crear uno, pese a que haya cercanía entre muchos de ellos. Algunos son hermanos. Hay familias. Son mundos que están a la vista.

–¿Trata las figuras humanas como objetos?

–Al contrario. Los bodegones que pinto son la representación de figuras humanas, metáforas visuales. Necesito de la complicidad del espectador. Titulo pensando mucho en la interpretación, aunque cada espectador debe pensar como quiera.

–¿Qué diferencia un cuadro de una foto?

–Una está hecha a mano y la otra, a máquina. Pero si las ha realizado el mismo artista a nivel iconográfico, tendrán un nexo común, ya que salen del mismo mundo imaginario.

–¿Cuál es la importancia del color en su obra?

–Es al trabajo pictórico que más tiempo dedico. Le doy mil vueltas antes de decidirme por un color. Intento que cada cuadro tenga una autonomía de color, una personalidad. Son colores que están muy pensados, en mi intuición, pero luego hay que buscarlos en el óleo, que ofrece infinitas posibilidades.

–¿Cada color tiene un significado?

–Sí, y depende de quién lo mire. Todas las personas, sin querer, cargan de simbolismo el color.

–Si el color del amor es el rojo, ¿cuál sería el del odio?

–No te lo podría decir, porque jamás me plantearía pintar un cuadro con ese contenido. Algunas de mis obras reflexionan sobre el lado oscuro de la condición humana, pero el odio me repugna tanto...

–¿Usted con qué pinta?

–Con pinceles y con óleo.

–Ya, y con las manos. Pero sabe a lo que me refiero...

–Con la cabeza. Además de artesanal, es un trabajo intelectual.

–¿Más que emocional?

–Van unidos. Intento pintar desde un cierto equilibrio, que yo llamo concentración. No puedo contaminar un cuadro de lo que me ocurra un día concreto. Debo guardarle un respeto, escucharle y crearle un alma, pero no a partir de mis experiencias puntuales.

–¿Qué pintan los pintores?

–Ésa es una pregunta dura. Resulta doloroso pensar que cuanto más tecnológico es el mundo, más se pierde la sensibilidad artística. Nosotros ofrecemos un lujo para los ojos, pero la gente joven descuida el trabajo más allá de las pantallas de sus smartphones. Los pintores cada vez pintamos menos. Nos tienen marginados. No obstante, uno de los hitos culturales del año pasado fue el récord de visitas a la exposición de El Bosco, lo que quiere decir que no todo está perdido. Es cuestión de buscar a nuestro público y ofrecerle nuestro trabajo.

–Si tuviera que pintar un cuadro de España...

–Sería un collage muy variopinto, de muchos contrastes.

–¿Ser chico Almodóvar ha influido en su carrera?

–Él es más de chicas que de chicos. Aunque fueron colaboraciones puntuales, me favorecieron gracias a su reconocimiento. Es uno de mis grandes coleccionistas.

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