Tintín menos rubio y Milú más blanco

CULTURA 11-1-2017 Razon 439

Hace unas treinta años, el magnate de los medios de comunicación Ted Turner compró los derechos de algunos de los grandes clásicos del cine. Desde Humphrey Bogart a John Wayne, Turner pensaba que sustituyendo el blanco y negro por unos colorines fríos y computerizados, subiría el número de espectadores de estas producciones. Pero se le echó todo el mundo encima y la propuesta acabó muriendo, aunque no el debate sobre la conservación del estado original de las obras de arte.

El gran cuadro del siglo XX, «El Guernica», cumple 80 espléndidos años en blanco y negro original, sin que nadie afortunadamente piense que el genio malagueño será visto con mejores ojos. Picasso decidió renunciar al color y así se quedó el símbolo antibelicista por excelencia.

Pero hay ocasiones en las que se queda uno en tierra de nadie, sobre todo cuando la decisión la toman los herederos del artista. Esto es lo que ha sucedido con la publicación en Bélgica, de la mano de Casterman, de la primera entrega de las aventuras de Tintín y Milú. El álbum «Tintín en el país de los soviets» nos trae a los personajes de Hergé en todo su esplendor inicial, aunque en color. El libro, en su nueva versión, aún no se sabe cuando llegará a nuestro país. Fuentes de Juventud, la editorial que ha publicado en España en castellano y catalán al reportero, aseguraron ayer a este diario que están negociando con Casterman la posibilidad de poder presentarlo en otoño. Toca esperar.

Michel Bareau, que ha contado con la asistencia de Nadège Rombaux han sido los responsables de colorear las páginas que Hergé realizó entre 1929 y 1930. Cuando el pasado año se anunció el proyecto, ahora hecho realidad, la viuda de Hergé, Fanny Rodwell, sostuvo a través de un comunicado que de esta manera la historia mejora en su legibilidad, clarifica los dibujos y «sorprende por su modernidad, como si se tratara de un nuevo disco».

La revolución de 1917

La nueva edición sí que permite que ganen algunos matices, como que Milú sea más blanco respecto a la primera edición en blanco y negro. Lo mismo pasa con los decorados soviéticos en los que transcurre la aventura de Tintín, paisajes nevados y cercanos a la revolución de 1917. Incluso Tintín aparece con un rubio que difiere un poco del color que tendrá su cabello y su célebre mechón en posteriores entregas.

Bareau explicó esta semana, en declaraciones a Efe, que su labor en «Tintín en el país de los soviets» está «por debajo del trazo de Hergé» e indicó que su trabajo ha sido «la de un intérprete». No lo ha tenido fácil porque para poder trabajar mejor este Tintín, Bareau y Rombaux tuvieron que buscar las planchas originales realizadas por Hergé. De esta manera se han podido eliminar los defectos de la primera edición.

«Nos pusimos en la piel de una persona del siglo XXI que descubre una obra de principios del siglo XX. No podíamos usar los colores de la tirada clásica de Tintín porque en los años veinte Hergé carecía de esa gama cromática, la técnica de impresión no lo permitía», apuntó esta semana el colorista. Todo ello se ha prolongado durante dos años de muy intenso trabajo.

La nueva edición de Casterman/Moulinsart es una buena noticia para los tintinólogos de todo el mundo, los numerosos seguidores de un reportero que recupera el espíritu de las novelas clásicas de aventuras, una invitación al lector de 7 a 77 años a la evasión, a imaginar otros mundos, aunque en el caso de esta primera entrega debemos tener en cuenta algunos matices.

Este «Tintín en el país de los soviets» es la carta de presentación de una serie con cifras de vértigo: 24 álbumes publicados entre 1929 y 1976, con más de 250 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo en más de 80 idiomas. Su estilo, tan seguido como copiado, con una impresionante línea clara, define una manera de entender el cómic como arte, un juego al que se invita al lector con inteligencia.

Pero miremos atrás a Tintín antes de ser Tintín. El 10 de enero de 1929 aparecía en «Le Petit Vingtième», el suplemento juvenil de «Le Vingtième Siècle», la entrega inaugural de las aventuras de un personaje destinado a ser uno de los iconos del noveno arte. Eran las dos primeras páginas de «Las aventuras de Tintín, reportero en el país de los Soviets». Durante 121 semanas los lectores pudieron seguir las andanzas de este héroe de tinta china junto con su fiel perro Milú en la recién nacida Unión Soviética, todo por obra y gracia de un dibujante belga excepcional llamado Georges Prosper Remi, aunque pasaría a la historia por su seudónimo, el de Hergé.

En una carta a un lector, Hergé explicaba mucho tiempo después cómo había nacido su criatura más famosa. Todo ocurrió en cinco minutos: «La “idea” del personaje de Tintín y del género de aventuras que iba a protagonizar surgió, creo, en cinco minutos, en el momento de trazar por primera vez la silueta del personaje: con esto quiero decir que el personaje no había llenado mis años de juventud, ni siquiera en la imaginación. Es posible que de niño haya fantaseado imaginándome en el papel de una especie de Tintín: en ese sentido, pero sólo en ése, Tintín sería la cristalización de un sueño, sueño que es un poco el de todos los niños y que no pertenecía en exclusiva al futuro Hergé».

El hermano menor

El modelo lo encontró en su hermano Paul, por entonces un muchacho de dieciséis años con un gran talento como mimo. A este respecto, el dibujante explicaría que «en mi infancia, tuve como compañero de juegos a un hermano cinco años menor que yo. Lo observaba mucho, me divertía, me fascinaba. [...] Y sin duda explica que Tintín le haya tomado prestado su carácter, sus gestos y sus poses». En esta misma línea y ya pensando en el libro que ahora nos ocupa, Hergé concretó sobre su hermano que «sus gestos y su comportamiento físico debieron de inspirarme sin que me diera cuenta. Se me quedaron grabados en la retina. Yo los plasmaba con torpeza, pero, sin quererlo e incluso sin saberlo, era él a quien dibujaba. Esto resulta especialmente llamativo en los primeros dibujos de “Tintín en el país de los soviets”».

El abate Norbert Wallez, el director del «Vingtième Siècle», fue el mentor de Hergé, el hombre detrás de la creación del reportero. Él fue el ideólogo de la primera excursión del personaje al país de los soviets, por lo que le proporcionó a su protegido una guía, el libro «Moscou sans voiles», firmado por Joseph Douillet, el cónsul belga en Rostov del Don. El volumen es una condena del régimen comunista. Hergé nunca sintió simpatía por los nuevos y gélidos vientos que venían desde la Unión Soviética desde sus inicios, hasta el punto de asegurar que parar él fue una conmoción saber que habían asesinado a toda la familia del zar Nicolás II.

La primera viñeta ya incluye un texto que es toda una declaración de principios: «El periódico “Petit Vingtième”, siempre atento a complacer a sus lectores y a tenerles al corriente de lo que pasa en el extranjero, acaba de enviar a la Rusia soviética a uno de sus mejores reporteros: TINTÍN. Ante vuestros ojos veréis desfilar todas las semanas las múltiples peripecias de su viaje. NOTA: La dirección del “Petit Vingtième” da fe de la autenticidad de estas fotos tomadas por TINTÍN con ayuda de su simpático perro MILÚ». Es decir, la primera viñeta de la historia de la serie no era dibujo alguno sino texto puro y duro.

Ni el capitán Haddock, ni el profesor Tornasol, ni los detectives gemelos Hernández y Fernández aparecen en esta llegada al país de los soviets. Lo que sí encontramos es el espíritu aventurero y valiente del personaje, siempre acompañado de un perro fiel del que podemos conocer lo que piensa. El dibujante huye del realismo y da rienda suelta a su imaginación para recrear unos escenarios que simplemente conocía por referencias.

En privado, Hergé reconocerá que en esos dibujos había un trazo torpe y que el espíritu que desprende la aventura puede incluso rozar lo sectario. «En realidad, estos dibujos de mis comienzos son los libros de un joven belga lleno de prejuicios e ideas católicas», dirá el gran maestro belga.

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