"¡Ay Señor!, las "balaceras"", por Julián Redondo

DEPORTES 8-8-2016 Razon 477

Nacemos con fecha de caducidad, producto perecedero que en el mejor de los casos alcanza la eternidad sin haber ido al médico y rodeado de los seres queridos. Ni una mala enfermedad, ni una cola del paro, ni tres elecciones generales y, de cuando en cuando, unas vacaciones, sin lujos, sin excesos; sólo eso, tranquilidad, el disfrute de los pequeños placeres y descanso, lo más parecido a esa ficción de la felicidad completa que por inalcanzable a muchos aflige. Y eso no es vivir.

Tenemos el día asignado, señalado, escrito, y no en una barra de hielo. Mejor tarde que temprano, pero toca. Te alcanza la parca y ya estás listo. Pero eso es lo normal. Queremos hacernos mayores sin caer en la cuenta, u obviándola, de que según cumplimos años más nos acercamos a ella. Proceso irreversible. Pero es lo normal. No lo es esperar el autobús en una parada y encontrarte en medio de un tiroteo. ¿Cómo va a serlo? Más inaudito todavía es que la parada sea del autobús olímpico.

En España es un hecho aislado perecer en circunstancias tan dramáticas. En Río es cuestión doméstica. Los que juegan con fuego se achicharran y los que pasan por ahí adquieren papeletas en la tómbola de la muerte sin proponérselo.

Son 85.000 los policías y militares que vigilan los Juegos en Río. En las zonas próximas a los focos olímpicos son tan visibles que impresionan. Como si algo fuera a suceder. Sin embargo, lejos de sus miradas, o no tan lejos, estalla el suceso. Hay tiros entre policías y ladrones, entre delincuentes, entre quienes no se dejan asaltar y los malhechores, y en ocasiones, en medio de todo ese inesperado tiroteo, en la parada del autobús olímpico, te encuentras tú. Varios periodistas, dos de El Mundo Deportivo, otro de La Vanguardia y varios colegas extranjeros, escucharon al principio lo que se les antojaban explosiones de petardos, hasta que un buen hombre les advirtió de que eran disparos y que debían ponerse a cubierto en un edificio que él les indicó, mientras terminaba la refriega. Bajó una banda de la favela para atracar un tren, como en los tiempos de Jesse y James, y allí estaban ellos, testigos estupefactos rezando para que alguna bala perdida no les alcanzara. Ir a trabajar y que te peguen un tiro es para contarlo, una batalla más, no para que te maten.

El peligro es latente aunque terminamos por convivir con la normalidad, como los cariocas. La noche de la ceremonia de Maracaná, en el aparcamiento de prensa también hubo «balacera» después de los fastos; fuego cruzado y un muerto, el ladrón. El autobús de los jugadores chinos de baloncesto también se encontró atrapado entre disparos. Hay un día señalado, pero seguro que hay más posibilidades de encontrarlo por estos pagos que en cualquier rincón de España. Los Juegos de Río y sus «balaceras». ¡Ay Señor, señor!

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