Barenboim: «Jerusalén tiene que ser la capital del futuro estado palestino»

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En encuentro con Daniel Barenboim (Buenos Aires, 1942) bien podría ser una clase magistral en cualquier centro de música de prestigio. Comienza jugueteando con unas «pastillitas» de menta –que no sabe si son «para que me duerma o me despierte»– y arramblando con micrófonos, copas y todo lo que se le ponga por delante y continúa con una cátedra sobre «esas manchas negras sobre papel blanco que llamamos notas». Aprovechaba así el director de orquesta su recital del lunes en el Auditorio Nacional de Madrid para presentar, ayer en la capital, su nuevo disco, «Debussy». Metido esta vez en el papel de pianista, el argentino-israelí-palestino-español rinde homenaje a una figura que le ha ocupado «mucho tiempo en los últimos años», explica. Desde que, durante su titularidad al frente de la Orquesta de París –de 1975 a 1989–, llevo a cabo un intenso estudio de las innovaciones armónicas y rítmicas de Debussy, de quien se cumple este año el centenario de su muerte.

«¿Por qué es importante este hombre?», cuestiona ante lo medios Barenboim: «Porque es uno de los compositores de máxima importancia histórica. Los hay que hicieron obras de gran belleza, pero que no tuvieron ninguna influencia sobre el desarrollo y rumbo de la música, como Mendelssohn. Seríamos mucho más pobres sin su “Concierto para violín”, pero si no lo hubiera hecho todo se hubiera mantenido igual. Y lo digo sin insultar», puntualiza a la vez que destaca el trabajo de otro «menos perfecto, pero con una gran influencia» como Berlioz, «un compositor desigual, pero con momentos geniales». Stravinski, Bach, Beethoven, Wagner... «Sí, son de máxima importancia histórica, que no es cuestión de calidad». Mozart no: «En muchos sentidos el más grande de todos los tiempos, pero históricamente no es para tanto», comenta. Quien sí ve clave en el devenir de «las manchas negras» es su protagonista, Debussy. «Otro mundo», suspira. Sus «variaciones armónicas y el totalmente inesperado cambio de velocidad de la dinámica» le hacen especial para Barenboim y, por ello, le rinde tributo con un álbum que reúne una selección de las obras más significativas para piano de uno de los compositores más revolucionarios del siglo XX. La reciente grabación de «Estampes», «Suite Bergamasque», «La plus que lente», «Élégie» y «Préludes».

Soltada su presentación más académica, el maestro comenzó a nadar en terrenos más plurales. La declaración de Trump de Jerusalén como nuevo epicentro israelí, los nuevos públicos, los egos de hoy, consejos de alguien que «ya no es tan joven, pero tampoco tan viejo», los abusos en la clásica... Respecto a lo último, no le tembló la voz: «Es muy importante luchar contra las injusticias, pero hay que tener cuidado con la honestidad de los que protestan, que no siempre es evidente».

Sin miedos

En el conflicto palestino-israelí también quiso entrar sin miedos. Pocas personas en el mundo hay más autorizadas que él: «De ese cambio hablaron todos los presidentes estadounidenses, sin excepción. Queda ver si Trump lo hará. Lo dijo con tal convicción que creo que la reacción del mundo es comprensible. Parte de Jerusalén tiene que ser la capital del futuro Estado palestino. No hay que olvidarse de que llevamos más de 40 años hablando de la solución de dos partes, aunque sigo preguntando dónde está el segundo Estado. ¿Cómo se habla de una solución si no existe el reconocimiento de un Estado palestino?», sentenció el director. Siempre comprometido con su pasado, continuó: «Soy judío y vivo en Alemania. ¿Es posible? Sí porque tengo el sentimiento de que hicieron cuentas con el pasado como ningún otro país. Que el mundo sienta una responsabilidad moral por los crímenes que se cometieron contra el pueblo judío es algo evidente y necesario. Sería trágico si no existiera. Al mismo tiempo, eso no quiere decir que se esté de acuerdo con las decisiones del Gobierno de Israel, que para mí van en contra de toda la tradición judía de siglos de Humanismo ¿Cómo es posible que un pueblo que es el resultado de años de persecución esté ocupando otra tierra durante más de 50 años?», cuestionó Barenboim.

Una receta muy simple

Le horroriza a Daniel Barenboim buena parte de esta era. No le gusta que los éxitos se midan en «likes», ni mucho menos que se haya perdido oído. Sorprendió en la Prensa el centenar de jóvenes que fueron a verle el lunes al Auditorio, «algo nada normal», se escribía. Y Barenboim respondía: «¿¡Cómo van a ir los chavales a escuchar música si no saben lo que es!?». Una pregunta que respondió con «una receta muy simple: educación musical. Es lo que permite entender la relación entre racional y emocional. Es triste ver que en 50 años no habrá vida musical», cerraba.

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